PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 19                                                                                                      MARZO-ABRIL  2005
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 LA MORAL PRÁCTICA

 
La semejanza entre todos los seres humanos y la diferenciación entre cada una de las personas establece la dificultad de la predicación objetiva sobre la conciencia moral. Lo que todos los hombres tenemos en común define la norma cierta sobre cuya objetividad de respeto al derecho común se fundamenta la moral. La filosofía moral abarcaría la penetración en la naturaleza del ser humano desde cuyo conocimiento se extrajeran las condiciones de verdad de los comportamientos generales. De esa especificación surgirían las leyes morales que constituyen el elenco para la formación de las conciencias en un entorno social.
De la diferenciación de cada persona surge en cambio la muy variada percepción de la realidad según lo que la sicología a venido a definir como personalidad. La evidencia de que cada sujeto aprecia la realidad desde su perspectiva de interés genera la difícil tarea de intentar reglas comportamientos que son evaluados de un modo absolutamente subjetivo.
Se podría representar en un gráfico de coordenadas en las que la definición de la moral estaría sujeta a influjos de distinta tendencia:


Este gráfico determinaría la carga de relatividad de la moral de cada conciencia en función de que su valor en el eje de las ordenadas domine sobre el de las abscisas.
Una mirada a la sociedad actual nos alerta sobre la distinción de la aplicación del interés personal: Mientras para unos el interés se centra en el propio bienestar, para otros su interés se configura sobre la aplicación de la justicia. Ambas tendencias asumen como norma próxima de conciencia práctica lo que colma su interés. Realizarse será por tanto satisfacer ese interés. La moral práctica lo constituirá el paradigma de normas que se asumen como propicias para generar la satisfacción de esos intereses.
Cuando el interés propio se proyecta en la perfección de la justicia social, los planteamientos íntimos de la personalidad tienden a objetivarse en lo que favorece a un número más numeroso de personas, pero siempre construyéndose desde el ejercicio de la propia libertad. La subjetivización del comportamiento es atraída hacia lo más objetivo desde la racionalidad de lo que se asume como interés grupal.
La moral, en cualquier caso, mide la adecuación de la conciencia en la interpretación del cumplimiento de su objetivo subjetivo. Tan sólo lo que se presenta a la mente como condición de verdad es capaz de constituirse como objeto moral, porque esencial y primariamente la conciencia es un juicio sobre la verdad que se contiene en al significación de los procesos ideales del conocimiento.
La moral práctica en sí no conlleva una tergiversación de la conciencia hacia reductos de laxitud, sino una posible reducción por el poco aprecio de la profundidad que la verdad comporta.
Cuando desde la filosofía crítica con la escolástica se predica una moral de situación como la realización de la moral práctica que facilita el ejercicio de la libertad no se soslaya la trascendencia de la conciencia, sino que evidencia la tendencia a juzgar el círculo de lo próximo, donde se determinan la mayor parte de nuestros intereses, desligándose de la responsabilidad de ahondar en lo que de más trascendente tiene la naturaleza humana. El vivir en sociedad se limita al espacio de lo inmediato, relegando las implicaciones que nuestra conducta produce más allá de nuestro pequeño mundo cotidiano.
La proyección del interés personal marca el ámbito de nuestra moral para sobrevivir conformes con el orden de lo inmediato o para sufrir inconformes con el estado de la situación global. Los nuevos ritmos de la información han introducido una variable del campo del conocimiento que conlleva a una ampliación del espectro de la responsabilidad. Se ha dilatado en muy poco tiempo el espacio vital, pasando en un siglo del círculo reducido de lo rural a la ilimitada repercusión de las relaciones de una estructura de influjos universales. Es difícil por ello admitir la validez de una moral práctica si la misma no dilata sus miras subjetivas más allá de lo que la propia personalidad le presenta como encarecido interés.