PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 40                                                                                            SEPTIEMBRE - OCTUBRE  2008
página 9
 

FAMOSOS Y NORMALES


En muchas personas puede haber algo de excepcional por lo que se destaca en un colectivo y que es lo que -cara a los demás- marca su personalidad. Cuando ello es muy relevante y en un ámbito al que la sociedad confiere gran importancia, se adquiere lo que se llama fama, que gana la admiración de los demás y hace como si esas personas estuvieran un escalón más alto que sus congéneres. Para éstos la percepción que tienen de aquéllos es un tanto especial, porque la cualidad que les hace destacar ensombrece la consideración de lo común que como persona constituye el soporte de toda la restante actividad.
Artistas, deportistas, políticos, etc. famosos y famosas de todas las edades y regiones del mundo parece que hubieran sido llamados a una existencia diferente a la de los demás. Esa distinción -que en gran parte la enaltece la misma sociedad- no sólo no anula la forma de ser propia de cada individuo, sino que en mucho constituye una máscara tras la que vive una persona con sentimientos, ideales y juicios semejantes a los de los demás, y próximos a los que se habrían tenido de no haber sido tocado por el éxito.
La imagen que de los famosos se forjan sus admiradores es sólo eso: imagen. Detrás queda una persona que soporta el éxito con más o menos acierto y con más o menos trascendencia para su vida personal, que, más allá de lo que concierne a la realización profesional, es la que realmente satisface y puede hacer feliz o desgraciado a un individuo. La familia, los amigos, la conciencia; la vida afectiva, sentimental o espiritual son los parámetros que pueden interesar más a cada persona, y los que -sin relevancia exterior- posiblemente más le condicionen la vida.
Considerar que un famoso es sólo la imagen que da su presencia social constituye una interpretación paranoica de la vida, por la que se desvirtúa la completa realidad hacia una determinada percepción que fija en la mente la supremacía de una idea. De ahí surgen los fanatismos idealistas por los que, de alguna manera, se acaba entregando la propia consideración a la impronta del ser admirado. Esta deformación de la mente puede darse en el espectador, pero también en el artista cuando se pierde la noción de lo que realmente se es y se interpreta la vida sólo desde la percepción del aplauso y el reconocimiento. Quien obra así no sólo traiciona a su personalidad, sino que también lo hace a su propia creatividad, la cual progresivamente se encontrará más mediatizada por la opinión del círculo de fans.