PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 49                                                                                           MARZO - ABRIL  2010
página 7

MODERNIDAD Y TRADICIÓN

 
El análisis que la sociología realiza de la sociedad contemporánea considera la polarización política y social en dos ideologías relativamente opuestas, ya que sus límites se encuentran muchas veces difuminados según el espacio social que se analiza. Estas dos tendencias, conservadora y progresista, representan bastante las actitudes vitalistas de los miembros de la sociedad, pues mientras los conservadores ponen en valor las estructuras que han propiciado el orden y el progreso histórico, los progresistas se aventuran en la apuesta por nuevas formas que superen las contradicciones que existen en el orden social. Se podría decir que en los conservadores se opta por la evolución lenta y experimentada, y los progresistas por una transformación contundente y eficaz. Para los primeros el progresismo se deja gobernar por la utopía, para estos últimos los conservadores se encuentran amordazados por la historia.
Cuanto más se radicalizan esas visiones sobre el orden social, más contaminan toda la dimensión del pensamiento y la cultura, por eso no es extraño que también la crítica religiosa contemporánea se haya visto influenciada por esos parámetros y se haya conceptuado como conservadora y progresista la dinámica de evolución en las creencias y prácticas religiosas. Ese efecto común a todas las religiones, según las informa la acelerada evolución de la sociedad, se puede entender como ese simple reflejo mimético de los movimientos sociales, pero muy posiblemente la polarización de las opciones religiosas sean paralelas a las de la sociedad civil, pero las causas y objetivos muy distintos, por lo que no basta para comprenderlas el encasillamiento de progresistas y conservadores.
Dado que no se puede negar la contestación de una gran mayoría de creyentes a la configuración espiritual que determinan sus autoridades religiosas, parece aceptable profundizar en saber, si a todos les impulsa una recta conciencia de fe, cuáles sean las diferencias de pensamiento que animan la controversia. Quizá, como en ninguna otra materia, la especulación quepa de forma desproporcionada en la religión, pero también es cierto que los fundamentos que en una y otra confesión se profesan son lo suficientemente sólidos como para que la avenencia fuera mayor.
Una posible tesis de trabajo es la que admite que la polarización en la religión siempre ha estado marcada por quienes priman la tradición como la esencia de la configuración doctrinal, y quienes postulan la permanente referencia a las fuentes para purificar la doctrina de la permanente contaminación por el acomodo a las determinaciones históricas de su interpretación. De este modo se podría hablar de una corriente tradicionalista y otra modernista, ambas con el único objeto propio de la mayor fidelidad, pero ambas con bagajes tan distintos que parecen justificar la continua disyunción sobre la esencia de Dios.
La argumentación de los tradicionalistas se apoya en que cuanto en la historia la teología ha definido de la naturaleza de Dios no puede ni debe rebatirse por el pensamiento contemporáneo, sino que, por el contrario, es la conciencia moderna la que debe ser informada por esa doctrina tradicional. Por ello, no sólo la formulación doctrinal es incuestionable, sino que las formas de piedad tradicionales deben ser exponenciadas como segura directriz para la dubitativa religiosidad actual.
Los modernistas argumentan en contra que la carencia de valores espirituales de la sociedad contemporánea está en mucho informada porque la religión que se practica se ha distanciado profundamente de sus valores esenciales, y así la piedad a sustituido a la caridad, la moralina a la justicia y la disciplina a la verdad. Que el estudio y la practica religiosa no escapa a la imperfección humana, y por tanto no es extraño que a través de los siglos se desvirtúe la esencia, siendo necesaria la permanente referencia al origen para asegurar la fe, y para soltar el lastre doctrinal de las afecciones de piedad que entran en contradicción con la forma de vida y la ciencia común de la sociedad actual.
Aun cuando se considere la mejor conciencia en todas las partes, y el recto fin de sus modos de actuar, no deja de ser bastante contradictorio el enrocamiento de las posturas que hacen a unos relegar a los otros, como si fueran sólo ellos quienes gozaran del don de la sabiduría para discernir e iluminar al mundo contemporáneo con la evidencia del espíritu de Dios. Esa pretensión, que se identifica con la soberbia y la falta de caridad para reconocer en las demás tendencias religiosas sus contenidos legítimos, se revela al juicio general como contraria a los valores que predican  las religiones, porque esencialmente parece que se muestra muy alejada de la universal idea de Dios.