PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 56                                                                                          MAYO - JUNIO  2011
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AMIGOS DE JUERGAS, AMIGOS DE PENAS

 
La dimensión social del hombre le lleva a crear relaciones de familia, de parentesco, de amistad, laborales, comerciales, religiosas, de ocio, etc. Todas tienen una característica esencial: unen individualmente a personas dentro de un grupo, porque aunque la relación se establezca en el ámbito social, directamente afecta a cada persona con otra, con la que se intercambia afecto, intereses, entretenimiento, ayuda.
De todas esas relaciones, para cada persona destaca la de amistad, por la que se intercambia afecto, consecuencia de un trato provocado por el apoyo mutuo para afrontar determinadas realizaciones existenciales. Cuanta más implicación haya entre esas personas, mayor será la relación de amistad, que puede variar desde el mero conocimiento hasta la profunda unión con quien se intima lo más profundo del propio ser. Ahí se podría establecer una escala de valor que podría definir la intensidad de la amistad, aunque también se puede realizar una aproximación a definir la amistad en virtud de la cualidad, valorando no tanto el rango de lo que se comparte, sino la causa y el fin que mueven a mantener la relación.
La confluencia en la amistad de afectividad e interés presenta raíces propias, las que unas se enraízan en los sentimientos del alma y las otras en el interés práctico de la vida. Toda amistad, para que pueda ser así entendida, precisa de cierto enraizamiento en el alma, que mediría la profundidad subjetiva que crea la relación. Las raíces de los intereses prácticos que se siguen de la relación puede que no sean tan profundos como los anteriores, pero, sin embargo, puede llegar a crearse tal número de cuestiones compartidas que formen una red más superficial, pero muy consistente, que confiere una gran intensidad objetiva a la relación.
Reunirse para compartir aficiones, ocio, copas y juergas es una de las causas que facilitan la formalización de la amistad, porque la dimensión social de esas actividades exigen la concurrencia múltiple de personas, de cuya reiteración nacen enlaces permanentes para compartir esas actividades tan necesarias para realizarse como ser social. Así, la similitud de gustos y aficiones favorecen una relación que, cuando permanece en el tiempo, crea hábitos de convivencia y confraternización. Pero esa amistad no exige necesariamente que se genere una afectividad con hondas raíces, porque ello se sigue más de la configuración de cada personalidad. Lo que uno signifique para otro no sigue la matemática de la intensidad de la relación, ni siquiera de lo mucho que se haya llegado a compartir, sino del significado que la amistad tenga dentro de cada forma de ser. El que se hayan creado raíces profundas e imperecederas depende del valor asignado a cada amistad en el alma de cada persona.
Las penas no constituyen un motivo de relación, porque la pena radica en la conciencia individual, aunque algunas veces tenga su causa en incomprensiones, marginaciones o desengaños de la convivencia social. Otra causa común de la pena está en la enfermedad, discapacidad, inestabilidad síquica y similares. A veces se dice que se comparte el dolor del amigo, pero ello no es posible. El dolor de cada uno es intransferible, lo más que el sentimiento de la amistad puede generar es dolor de ver dolerse al amigo. Esa simpatía en sufrir con el sufrimiento ajeno es una cualidad del alma que no se sigue de cada determinada relación de amistad, sino de una sensibilidad de la personalidad para identificar la vida ajena como un extensión de la propia, de la que se sigue el acompañamiento a las penas del amigo como si fueran propias.