PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 74                                                                                     MAYO - JUNIO  2014
página 9

PROFUNDIDAD EN EL CONOCIMIENTO

 
El conocimiento de los seres vivos puede ser apreciado como una actividad más o menos pasiva en función de que se considere como un proceso resultante de la excitación de la sensibilidad de los sentidos, o como un procedimiento por el que se quiere aprehender lo concerniente a una realidad mental o intelectual. Como en ese procedimiento intervienen tanto los órganos sensoriales como la realidad psíquica y la conciencia intelectiva, se puede conferir la prioridad del acto de conocimiento a una de las partes, la que se considere más fundamental, y adjudicar a las otras partes una función inducida por aquella. Así se puede considerar que el conocimiento depende principalmente de la percepción sensible, del proceso computacional de la mente o de la intencionalidad cognitiva del intelecto. Pero también cabe considerar al conocimiento como una actividad mensurable cuya función en su desarrollo requiere en cada fase un protagonismo mayor de las potencias activas o pasivas; o sea, que en unos momentos sean los fenómenos de la sensibilidad externa los que generan una iniciativa intelectual, en otros lo sean las formas mentales de representación y en otras la voluntad de conocer de la conciencia.
Desde un itinerario diacrónico -como teoría- se puede considerar el desarrollo del conocimiento como un proceso evolutivo desde los elementos más simples a los más complejos, de modo que partiendo de los procedimientos acción-reacción entre la percepción sensible a un órgano computacional se valora la respuesta proporcionada al estímulo como una comunicación que, en cuanto pueda ser comprendida por el propio organismo, se la puede considerar como conocida. La multiplicación de la capacidad de computación de estímulos distintos y simultáneos por el desarrollo del órgano computacional no sólo permite una mayor interacción, sino que facilita una representación ordenada de aquellos fenómenos de los que recibe múltiples excitaciones sensibles, pudiendo reproducir una forma subjetiva del objeto existencial de quien se recibe la percepción sensible. Una vez que los órganos internos se reconocen capaces de representaciones abstractas, un desarrollo más complejo de capacidad de computación ha permitido interactuar con las representaciones abstractas como reproducción ideal de la existencia percibida, concibiendo respuestas proporcionadas a la interacción de cada sujeto cognoscente con la representación formada en su conciencia de cada uno de los seres, objetos o fenómenos según un conjunto de percepciones sensibles determinado de cada uno de ellos.
Desde la consideración sincrónica del acto de conocimiento -concibiendo la sincronía como unidad del acto de conocimiento, no de tiempo instantáneo-  la regulación de la actividad intelectual y los distintos órganos sensitivos y cognitivos toman mayor relevancia unos u otros en función del interés propio que para la conciencia representa ese determinado proceso para el valor cognitivo. Así el esfuerzo de aplicación para la percepción de signos sensibles de los fenómenos externos de un determinado objeto variará mucho según que al sujeto cognoscente le interese una computación tanto más perfecta de los elementos que pueden definir a ese ser, o que le basten los más simples que le confieran una simple información de identificación de esa forma de acuerdo a las representaciones básicas de su memoria. Por ejemplo, la conciencia de un biólogo mueve su conocimiento a percibir en profundidad la mayor parte posible de elementos constitutivos de cada célula, mientras que no se interesa quizá por los elementos del automóvil que utiliza en sus desplazamientos, le basta con que funcione; a un escritor le mueve el conocimiento profundo de la coherencia de los caracteres de los personajes que crea, que les den credibilidad, y le puede bastar un conocimiento superficial de la geografía del espacio en que desarrolla su acción, o viceversa; a un maestro, según su criterio, le puede interesar más el conocimiento profundo de sus alumnos, deteniéndose en estudiar las capacidad y expresión sicológicas de cada uno de ellos, o puede preferir considerar la representación estándar de ellos, e interesarse en el conocimiento en profundidad de las ideas precisas de las materias de la enseñanza; el filósofo profundiza especialmente en el conocimiento de las condiciones de verdad que se dan entre las relaciones formales de los seres o de sus modos propios de ser, abstrayéndose para ese conocimiento de la composición de las partículas que los forman, que para un químico constituiría precisamente su conocimiento esencial.
Con independencia del proceso de desarrollo del conocimiento propio de cada especie, en los seres humanos, al menos, se puede considerar que la profundidad del conocimiento que sobre cada asunto se emplea está dirigido por la propia conciencia, la que decide qué tipo de fenómenos son los que prioritariamente debe profundizar en conocer, correspondiendo unas veces a una mayor observación de las percepciones sensibles, otras de las respuestas sicológicas, de las relaciones imaginarias entre las ideas abstractas  formadas con anterioridad, del ejercicio de la memoria para computar ágilmente aplicaciones de la experiencia previa, de la racionalidad en la formulación de los juicios, etc. Esa acción de la conciencia en dirigir el funcionamiento del conocimiento posee un fin práctico, el de ocuparse en aquello que prima en importancia para el interés del sujeto, sin cuya directriz podría perderse en el universo infinito del ámbito del saber, sin aprender de modo eficaz lo que más le interesa conocer.
 

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