PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 84                                                                                     ENERO - FEBRERO  2016
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LA FORMA IMPERFECTA

 
Remontarse a determinados conceptos metafísicos de la antigüedad griega puede parecer caduco para quienes no conciben la incaducidad de la metafísica. Quienes reconocen el valor de lo que es en sí, aislado incluso de las denotaciones y connotaciones de las enunciaciones del lenguaje, valoran la metafísica como una disciplina intelectual sobre la esencia de la realidad que trasciende incluso la determinación de la realidad como conjunto de todas y cada una de las realidades particulares. Desde esa concepción no cabe suponer superada la metafísica clásica, sino tan vigente como cada una de las críticas elaboradas sobre sus contenidos a lo largo de la historia de la filosofía.
Cuando el objeto es indagar sobre el concepto clásico de "forma", no debe inducir a error que el concepto lógico, metafísico o estético desarrollado a lo largo de los siglos no se correspondan, como si uno corrigiera al otro, sino considerar que dentro del campo semántico del léxico coinciden elementos estructurales abstractos que significan de modo en parte semejante y en parte diverso en cada aplicación. Lo trascendente es sostener la esencia significada en cada definición de una realidad.
En el discurso de Aristóteles se puede apreciar como la forma refiere a la figura de cada cosa como su causa por la que es, a diferencia de Platón, quien consideraba la forma como la idea materializaba en cada figura. Que la forma sea la causa que hace que algo sea una cosa y no otra cosa supone un efecto sobre la materia prima que la configura para ser un elemento o un especie capaz de soportar formas sustanciales que identifican su percepción externa como lo determinado.
Un escollo que se plantea cuando se estudia la identidad de cada cosa es la percepción de su imperfección que se aprecia entre dos entes de una misma realidad, pues la distinción que entre ellas aparece puede inducir a presuponer que una posee más perfección que la otra en lo que cada una posee de distinto, ya que se supone que lo que determina según una misma forma de ser a la materia debería generar seres independientes pero específicamente iguales. Surge así la dificultad de definir los límites entre las formas que definen los distintos elementos, pues a cada ínfima diferencia podría suponerse una forma de ser nueva, o de lo contrario hay que admitir la imperfección de la forma que define a los elementos semejantes que comparten lo que puede ser clasificado como de una misma especie.
La solución que le escolástica medieval dio a esta dificultad fue la de considerar las diferencias dentro de la especie como una distinción accidental de la materia que las soporta salvando de este modo la causa de distinción formal. Téngase en cuenta que por ello la escuela considera que las sustancias espirituales, las que carecen de composición material, forman cada una especie distinta. A partir del racionalismo y el desarrollo de la ciencia, la distinción accidental de la materia entra en discusión por la demostración científica de la composición de la misma por partículas, desde la más mínima, de modo que la distinción entre especies y dentro de la especie se concibe como un problema de composición casi infinita de elementos simples, que puede ser considerada más como causa formal que material, siendo ésta reducible a una composición de materia primera invariable en su forma propia de ser.
Como las formas imperfectas se aprecian por la distinción dentro de las que guardan un mismo rango, o sea: en cuánto se separa una sustancia de sus semejantes, cabe considerar que no existiría esa imperfección si cada sustancia tuviera una forma de ser propia, que defina su modo y manera de ser; con independencia que desde la abstracción conceptual se puedan clasificar por rasgos de semejanza, pero ello se seguiría del orden epistemológico y no del ontológico.
 

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