PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 99                                                                                  JULIO - AGOSTO  2018
página 2

ANIMALISMO


Las relaciones entre los seres humanos y los animales han sido constantes desde los tiempos prehistóricos. De una parte el ser humano ha aprovechado su inteligencia para dominar a aquellas especies que en cada momento consideró práctico su aprovechamiento, bien para alimentación, bien para carga y tiro, bien para su defensa; por otra, determinadas especies animales han acuciado a las persona para la satisfacción de sus necesidades vitales, consumiendo sus cuerpos, vivos o muertos, como nutrientes, o atacando para tal fin a los rebaños y granjas de los hombres dedicados a la cría de ganado. También ese enfrentamiento mutuo se ha producido a consecuencia del temor a ser exterminado por el contrario, como mera defensa instintiva, sin aprovechamiento especial de la víctima.
En los tiempos contemporáneos, con la proliferación de la vida urbana, la relación entre personas y animales está variando tanto como la convivencia entre unos y otros se aleja del marco de la naturaleza rural, lo que en cierta manera les distancia del espacio propicio de enfrentamiento y dominio; al mismo tiempo se observa en las ciudades un incremento del interés humano por asociar a su vida la convivencia con animales domésticos. Independientemente de lo anterior, se mantiene en la dieta de la mayoría de las personas el consumo de carne y otros provechos de la vida animal.
La diferente perspectiva que se concede la sociedad humana según el fin para el que establece las relaciones entre hombres y animales genera intereses y vinculaciones afectivas tan diversas que se llegan a contraponer criterios y actitudes varias sobre el utilitarismo racional de esas relaciones. Lo cierto es que esas posturas no se extienden por igual a todas las especies animales, sino que se reivindican tratos diferenciados en función de la afinidad afectiva que genera cada una. Coexiste con esa tendencia pro animalista una defensa científica de protección a determinadas especies animales en función del equilibrio que aportan a la naturaleza, dirigido a proteger un indirecto beneficio para la humanidad.
Para asegurar protección a los animales existe una tendencia que reclama el reconocimiento de derechos civiles para los mismos, a igual nivel que la ley se los reconoce a las personas, fundamentando su argumentario en que todo lo que vive, por el hecho de tener vida, posee derechos. El gran escollo jurídico que ello presenta es que los derechos que reconoce la ley social proceden precisamente de la configuración de un marco de relaciones entre personas cuyos beneficios mutuos derivan de un compromiso de comportamiento y obligaciones. Sujetos de derechos sólo podrán serlo aquellas personas que se reconocen mutuamente la participación personal en las relaciones sociales. El mero hecho de ser seres vivos no genera derechos para seres de distinta especie, al no existir una homogeneidad de entendimiento y comunicación que soporte la libre relación entre ellos, fundamento de todo hecho social. Así, toda equiparación en el derecho entre seres humanos y otra cualquier otra especie animal adolecería del absurdo de estar concertando una supuesta relación imposible de comprender para el animal.
La protección posible para la defensa animal, y del reino vegetal, no puede proceder de un reconocimiento de derechos a esos seres vivos, sino del acuerdo entre humanos de fortalecer la ética del respeto a la naturaleza. Se trataría de fijar obligaciones pactadas entre ciudadanos para observar comportamientos tendentes a no herir sensibilidades ajenas, pues en cuanto esas sensibilidades representan formas apropiadas de ser de la naturaleza humana pueden argumentarse como, al menos, parte del derecho a la educación racional de la sociedad, lo que puede justificar penalizar por ley los actos públicos de maltrato. Lo que nunca debe ceder la ley es el absoluto reconocimiento de que la integridad de la persona humana está por encima de los sentimientos animalistas, por mucho que se pueda querer a un animal, ya que a los humanos sí se les debe respetar todos sus derechos por la propia condición de pertenecer a la sociedad que los protege.
Si la filosofía social no se reafirma en el criterio de la distinción respecto al sujeto del derecho entre los seres humanos, por la demostrada condición de su específica inteligencia creativa y su conciencia responsable, y el resto de los animales, muy posiblemente el fin de ello no conduzca a una elevación de la condición animal para igualarla a la humana, sino una degradación de la naturaleza humana a la desalmada condición de animales; sin que sirva de justificación que el comportamiento humano muchas veces se manifieste más insensato y dañino que el de cualquier animal, pues ello es fácil de conseguir con el malicioso uso de la razón.
 

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