PAPELES PARA EL PROGRESO
DIRECTOR: JORGE BOTELLA
NÚMERO 99                                                                                  JULIO - AGOSTO  2018
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ERA DEMOCRÁTICA


En estudios históricos, sociológicos e históricos es frecuente hacer relación a la Antigua Grecia como origen de la República y la Democracia. Esa apreciación, que puede ser aceptada en lo que se refiere a la República, no es acertada para la Democracia, pues fuera de algunos pensadores, como Aristóteles que hablaba de la democracia como un poder "de los más", en aquella época el derecho a opinión y a voto se encontraban reducidos a una parte privilegiada de la sociedad. La forma de República, allá donde la hubo, en todo el orbe de la antigüedad se ajusta al concepto de Aristocracia, pues la participación del pueblo en el gobierno estaba limitada a los estamentos influyentes por riqueza, cultura, milicia o religión. De modo semejante no pueden considerarse democráticas las instituciones parlamentarias que a partir de la Edad Media en algunos reinos se consolidaron como instituciones de control del poder monárquico, pues en ellas, aunque surgen rasgos incipientes del futuro desarrollo democrático, falta, igualmente que en la antigüedad, el concepto de universalidad respecto a la participación del pueblo. Aunque es cierto que con el paso de los siglos se ha ido poco a poco elaborando los fundamentos para una cultura democrática, como idea del autogobierno del pueblo, se puede afirmar que hasta el siglo XX no han surgido reales Estados democráticos que hayan legislado sobre la universalidad e igualdad en el derecho de todas las personas integrantes de la nación. Por ello se podría fijar en dicho siglo el comienzo de la Era Democrática.
Puede parecer pretencioso hablar en el siglo XXI de Era Democrática --pues ese nombre se aplica a extensos periodos históricos relevantes por una gran innovación en formas de vida y cultura-- si apenas se puede apuntar a unas cuantas decenas de años de historia democrática y aún en reducido número de naciones, pero cabe darle ese uso retórico si se toma en consideración que la Democracia, como sistema político, supone un auténtico cambio sociológico para la cultura social de la humanidad. Una apuesta, quizá algo utópica, por el éxito de la paulatina extensión de la democracia como sistema político generalizado para la humanidad es lo que auspicia utilizar la denominación de Era Democrática desde este tiempo como inductores de su presunta relevancia.
Considerar la actualidad como el periodo incipiente de la Era Democrática supone situarse en el comienzo de una periodo de transformación social que posiblemente tardará siglos en consolidar --si es que la humanidad así lo corrobora--, pues supone de hecho una revolución estructural del pensamiento respecto a los valores hasta ahora practicados. Cabe un cierto optimismo respecto a la afirmación de la sociedad por la democracia cuando cada nueva generación parece decidida, por su mayor nivel cultural, a sostenerla y perfeccionarla.
Para algunos la democracia se reduce al reconocimiento del voto para todos los ciudadanos de una comunidad nacional, pero realmente es mucho más, pues se identifica con el sistema que permita gobernar desde los anhelos ciudadanos de una profunda revisión de la estructura profunda de las relaciones sociales para que sean soporte idóneo de una auténtica mentalidad de libertad, justicia y de paz. Algunos objetivos posibles del cambio social confiado a la democracia podrían ser:
  • Todas las relaciones sociales deben evolucionar desde la actual configuración de relaciones de dominio a relaciones de intercambio de servicios.
  • La garantía de la equidad en la justicia social procede de la igualdad de oportunidades para acceder a una educación humanista.
  • El derecho a la libertad procede de la intrínseca identidad personal.
  • Es inadmisible cualquier discriminación que menoscabe el derecho a la opinión y al voto de todos los ciudadanos.
  • Las instituciones públicas que gestionan el gobierno de la política están para servir al ciudadano, y no para servirse de ellos.
  • Todos los ciudadanos poseen igual derecho de acceso al ejercicio de las responsabilidades públicas.
  • La independencia de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial deben ser garantía del mutuo control.
  • La trasparencia institucional es expresión del respeto debido a los ciudadanos.
  • La distribución de los beneficios generados por la actividad laboral y comercial debe ser repercutida con justicia entre todos los actores intervinientes.
  • El Estado debe garantizar el efectivo ejercicio de la protección y promoción social.
  • Para la efectiva extensión mundial de la democracia es preciso que cada Estado aplique en sus relaciones internacionales los mismos parámetros de justicia y trasparencia que define para su política interna.
  • Independencia de ámbito entre la ley social y la ley moral.
  • La ética económica se reconoce por el efectivo servicio de las finanzas al pueblo.
Sean cuales sean las determinaciones que los ciudadanos ideen para el ejercicio de la política, lo cierto es que si se quieren establecer cambios perdurables no se lograrán sin involucrar paulatinamente a todos los ciudadanos y ciudadanas, quienes gradualmente deben ir empapándose del sentido de responsabilidad y solidaridad que deben inspirar todas sus relaciones, desde las más personales a las de toda la comunidad. Esa tarea en gran parte no puede construirse sin el recurso de la educación en los valores democráticos, cuya experiencia pasada manifiesta qué lentamente penetra en la mente de la ciudadanía. Apenas las grandes guerras del siglo XX han hecho reflexionar sobre los fundamentos de la paz más que desde la posición del poder por la fuerza de las armas. No obstante, entre quienes creen en la capacidad humana para entenderse predomina el criterio de que los ciudadanos a la hora de elegir prefieren ser soberanos a súbditos, y ese anhelo de libertad es el fundamento para defender un sistema democrático que iguale a todos los ciudadanos en la soberanía, y a nadie concede el poder del dominio. Que esos principios se instalen en las costumbres precisa de varios cambios generacionales, cuyas correcciones sucesivas irán haciendo tan extensivos los valores democráticos que llegará un tiempo futuro en que se podrá hablar con propiedad de la Era Democrática que cambió la concepción de las relaciones sociales en el mundo.
 

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